Nadie es bueno sin público
Por qué sospecho que casi toda la bondad que vemos es bondad vigilada, y por qué los dos experimentos que todo el mundo cita para demostrarlo no valen lo que creíamos.
Sospecho —y lo digo con la boca pequeña— que casi toda la bondad que vemos a diario es bondad vigilada. No porque seamos unos hijos de puta con modales, sino porque nos comportamos distinto cuando alguien mira, y nos pasamos el día con alguien mirando.
La idea no es mía ni es nueva. Hobbes decía que sin un poder que nos meta miedo acabamos a mordiscos, y Rousseau que nacemos decentes y es la sociedad la que nos estropea. Llevan cuatrocientos años sin resolverlo, así que ya te adelanto que yo tampoco voy a hacerlo un martes por la tarde.
Lo que me hizo escribir esto fue darme cuenta de algo incómodo: los dos experimentos que todo el mundo cita para demostrar que somos monstruos —el de la cárcel de Stanford y el de las descargas de Milgram— están hoy bastante tocados. Del de Stanford se sabe que a los guardias se les dieron instrucciones para que fueran duros, o sea que la crueldad no emergió sola: la pidieron. Y el de Milgram tuvo mucha más presión sobre los participantes de la que contaba el guion oficial.
La prueba estrella de que somos malos resultó estar amañada.
Y aun así la sospecha no se me va. Basta mirar cómo escribe la gente en internet cuando no da la cara. No es que el anonimato saque un monstruo escondido; es que quita el coste. Y si la decencia se cae en cuanto dejas de pagar por ella, entonces no era decencia: era una factura al día.
Lo que no sé —y aquí es donde me atasco— es si estoy describiendo a la gente o solo a la gente en internet. Que son dos cosas distintas y llevo meses confundiéndolas.
Escrita después de ver un documental sobre saqueos en catástrofes. Que, spoiler, me llevó justo a la conclusión contraria. Está en la lámina siguiente.
La bondad sin vigilancia es la norma, no la excepción
Lo que de verdad sostiene un día cualquiera no es el miedo al castigo: es una montaña de cooperación que nadie supervisa. Cedes el sitio, avisas de que se le cae la cartera, aguantas la puerta. Nadie te mira y nadie te lo va a pagar. Si la decencia fuera una factura, no la pagaría nadie estando el cobrador de vacaciones.
Y en catástrofes pasa lo contrario de lo que enseñan las películas: cuando falla todo el orden —el momento en que, según la tesis de arriba, deberíamos volvernos animales— la gente reparte comida, abre su casa y rescata vecinos. Lo documentó Rebecca Solnit y lo confirman décadas de sociología de desastres. El pánico y el saqueo masivo son sobre todo un mito que se cuela en las noticias, no lo que pasa en la calle.
Lo de internet tampoco prueba lo que parece. Un sitio donde no hay consecuencias, ni cara, ni continuidad, ni vecinos, no es el ser humano sin máscara: es el ser humano en una situación artificial y rarísima que no ha existido en toda nuestra historia. Sacar conclusiones sobre la naturaleza humana mirando una sección de comentarios es como estudiar la dieta de un animal mirándolo en el zoo.
No hace falta que estés de acuerdo ni que tengas razón. Hace falta que puedas imaginarte teniéndola perdida. Esa es toda la barrera de entrada.
Un dato, una situación, un argumento. Lo que tendría que pasar para que te movieras de donde estás. Hasta que no contestes esto, la caja de abajo está cerrada.
Sobre la entrada, sobre la postura contraria, o sobre lo que se me haya escapado.
No es un “me gusta”. Es para cuando algo de lo que has leído te ha movido de sitio, aunque sea un poco. Si sales igual que entraste, no lo toques: también es un dato.